
VIOLENCIA
"Si analizamos el fenómeno de la violencia de género como un fenómeno que se construye en la cultura, empezamos a ver que esas muertes a las mujeres, esas violaciones a las mujeres, esos golpes a las mujeres, esos manoseos a las mujeres en la calle, todos obedecen a formas cotidianas de socialización que todos y todas aprendemos desde la más tierna infancia"
Lina Buchely
Directora del Observatorio para la Equidad de las Mujeres
que no sabías de la violencia de género
5 cosas
La problemática de la violencia de género ha ganado creciente atención en la sociedad contemporánea, capturando el interés de un público cada vez más consciente. Es innegable que todos formamos parte de un género, convirtiendo este asunto en una preocupación universal que nos atañe a cada uno de nosotres. No obstante, existen facetas poco conocidas no solo acerca de la violencia de género en sí misma, sino también sobre cómo se manifiesta en la ciudad de Cali.
Travesía
de mariposa
Si bien se dice que han disminuido los casos de abuso en contra de las personas con una identidad de género u orientación sexual disidente, y que se han logrado grandes cometidos en la lucha por la igualdad, Santiago de Cali continúa caracterizándose por ser una ciudad machista, provinciana y religiosa. Esto se refleja en una aceptación más bien condescendiente y entre dientes, en donde las palabras de todos aquellos que se dicen ser “aliados” no concuerdan con sus acciones. Las personas diversas nos seguimos sintiendo vulnerables y no podemos escapar al matoneo, los prejuicios y, en muchos casos, la ausencia del apoyo familiar. A partir de múltiples testimonios de sujetos que hacen parte de la comunidad LGBTI y aseguran enfrentarse diariamente al señalamiento se construye el panorama de una ciudad que, si bien se jacta de sus programas de diversidad e implementación de la políticas públicas, sigue sufriendo constantes casos de discriminación y violencia.
Por Nicolás Méndez
“¿Usted tiene deseos de quitarse la vida?”, le dice el psiquiatra a Nicolás sin levantar la mirada de la pantalla, interrumpiendo momentáneamente el ruido sinuoso de un ventilador de techo. Él pudo mentir y librarse con una media sonrisa, pero el desgano de no haber comido por dos días le sacó las palabras de la boca.
No sería la primera confesión que se haría en aquel pabellón de la Clínica Oriente, pues aquella noche mientras se duchaba y fantaseaba con el cuerpo desnudo de su mejor amigo tomó la decisión de aceptarse de una vez por todas. Al fin y al cabo, si no iba a hundir el bisturí lo suficientemente profundo como para cortarse venas, ni dejar de vomitar las cajas de medicamentos que ingería para llegar a la sobredosis, solo le quedaba aceptar lo inevitable.
Todo empezó con la condena del ser femenino: "¿Vos tenés vagina?", "Sos una loca", le decían sus compañeros del colegio. Después de cinco años de matoneo, se terminó acostumbrando. Nada se comparaba con el odio que se tenía a sí mismo: el odio a no poder controlar lo que le excitaba, a los pensamientos intrusivos que inundaban sus sueños y desviaban el deber ser.
Empezó a hacerse daño con tan solo 14 años, y así duró por dos años sin que nadie se diera cuenta. Ocultaba meticulosamente los cortes de su antebrazo: solo le bastó con ignorar el calor caleño y aprender a soportar la tela sintética de la chaqueta rumiendo las heridas pegajosas.
Según el informe Estrés, salud y bienestar de las personas LGBT en Colombia, realizado por The Williams Institute, el 72% de los encuestados homosexuales afirma padecer malestar psicológico, el 55% ha tenido pensamientos suicidas, y el 25% han intentado acabar su vida. Pero, dentro de estas cifras, las personas transgénero terminan teniendo las tasas más altas, aproximadamente la mitad han preferido acabar con su vida a lo largo del camino que supone enfrentarse al género signado al nacer.
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“Yo con 4 años ya no soportaba tener que vestir el uniforme de niña”, dice Sebastián. Sus recuerdos de la infancia están manchados por el rechazo de lo que se esperaba de su genitalidad, tanto a nivel identitario como estético; pero, era lo que le correspondía le gustara o no, tenía que aguantarlo.
En la adolescencia su cuerpo andrógino y asexuado empezó a cambiar. Poco a poco distintos rasgos se tornaron en defectos y por más que tratara de ocultarlos obsesivamente envolviendo con vendas su pecho, llenado sus boxers con medias para generar bulto, y amarrando y cubriendo con gorros su pelo frondoso, el malestar crecía potencialmente.
Llegaba del colegio directamente al baño que compartía con su familia. Se encerraba ahí por horas a inspeccionar cada pliegue de su cuerpo, se miraba y tomaba fotos de todos los ángulos posibles comprobando repetitivamente el castigo divino de nacer en un vehículo ajeno y averiado. Hoy comprende que las prohibiciones e imposiciones eran para protegerlo de los que no soportan ver esa gente que rompe los moldes normativos (que son muchos), pero esto no elimina la tenacidad de sentir que “no tienes un camino correcto”.
Con Santiago las cosas fueron distintas. Creció en el mundo de las artes escénicas, por lo que el carisma, el cuerpo presente y la supuesta confianza en sí mismo le hicieron de escudo ante el matoneo. Si bien le pudo llegar a afectar como se burlaban de él cuando montaba coreografías de Britney Spears en el recreo, el verdadero problema estaba en su interior. “Me sentía pecador y no paraba de rezar por mi normalidad”, dice.
En el 2020 el Dane, a través de la Encuesta Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas, hizo la primera medición estadística de la población LGBT: 1,2 por ciento de los colombianos tendría una orientación sexual diversa, y un 0,05 por ciento se escaparían de las normativas de la identidad de género.
Ahora bien, el Documento de Diagnóstico Sobre la Situacion de Discriminacion de la Población LGBTI, de la Subdirección de Genero del DNP, dejó en evidencia que más de un 70% de los colombianos están en desacuerdo con las demostraciones de afecto por parte de las comunidades diversas en la calle, más de un 60% consideran que las personas de la comunidad serían malos padres y, entre otros indicadores, aproximadamente un 20% preferiría "tener un hijo delicuente que uno homosexual”.
Por eso, cualquier intento de caracterización de la población se pone en duda. Nina Chaparro, coordinadora del área de género deDejusticia, dijo al periodico El Tiempo que la medición que realizó el Dane “(...) no representa la realidad, representa más bien la realidad de un contexto donde las personas prefieren no hablar de su identidad de género u orientación sexual por miedo a la discriminación".
En el caso de Santiago, esa satanización producto de su educación religiosa llevó a que, además de negar sus preferencias, desarrollara repudio a las expresiones de afecto homosexuales y se transformará en una clase de pseudo homófobo. Siempre buscaba demostrar el asco que le daban los “amanerados” y lo antinatural que era pensar en parejas gay. Eventualmente se entregó en pasión impudorosa, pero incluso hoy no ha podido suprimir del todo la vergüenza: “(...) me cuesta que me vean agarrado de la mano con mi novio (…) da incomodidad, como si estuviera haciendo algo malo”.
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Santiago creció en Los Alcázares, en el norte de la ciudad. En un apartamento del quinto piso particularmente estrecho, que no daba ni un acápite de privacidad. Cuando su madre lo encontró con su primo dentro de un armario, las canciones de Vicky (baladista predilecta los domingos) retumbaban tanto como para silenciar los pasos aproximándose a la exploración inocente de dos niños sintiendo su cuerpo. Unas horas después, su madre le hizo repetir los movimientos frente a distintos familiares reunidos para juzgar lo perverso. Jamás olvidará la humillación que vivió mientras se restregaba contra las paredes y notaba las reacciones de sus modelos a seguir.
“Ufff, qué rico, mira esa hembra. Dan ganas de comérsela, ¿no?”, le decía un padre siempre decepcionado de que su primer varón no fuera futbolista sino bailarín. En las noches llegaba pasado a chirrinchi a moler a golpes a su madre y a gritarle a él que sufriría cosas mucho peores si resultaba maricón. Santiago se esforzaba por cambiar pero, por más qué lo exorcizasen en su iglesia cristiana, las erecciones llegaban inesperadas. Era agarrarle la mano al líder de la célula evangelizadora para rezar y su cabeza se llenaba de pornografia homosexual.
Cuando empezó a recibir regalos de Juan Pablo, un hombre mayor que se propuso conquistarle, sintió miedo: tras su aparente desespero de estar siendo acosado por un maricón se escondía un profundo deseo. En un viaje al festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá se dio la oportunidad de sostenerle la mirada durante unos segundos, y esa noche, lejos de la ciudad que le había visto crecer, le abrió la puerta de su habitación de hotel a un romance que le devolvió las ganas de vivir.
“O le dice usted o le digo yo”, le anunció la directora de la institución en la que practicaba teatro después de notar la cercanía entre los estudiantes, arrastrándolo fuera de un closet que no estaba preparado para ser abierto. “Los maricones nunca serán felices”, le gritó una de sus hermanas mientras su madre lloraba desconsolada y su padre hacía gestos de repusla. Esa noche, en la que estuvo a punto de lanzarse por la ventana y estallar la bolsa de carne que lo ataba al pecado, Santiago quedó sin hogar. Pero no había vuelta atrás, por más dificultades nada se comparaba con la felicidad de poder ser.
El rechazo por parte de la familia, los del amor incondicional, es algo de lo que no se recupera. Luego de decidir darle rienda suelta a sus preferencias y empezar un tratamiento psiquiátrico con inhibidores y antipsicóticos, Nicolás sintió que dizque renacía. Se cambió de colegio, cambió su aspecto, inhaló aire fresco y dio su primer paso hacia el empoderamiento.
Sólo logró avanzar unos metros antes de que su madre, bruja por naturaleza, le preguntará sin pelos en la lengua “¿a usted le gustan los hombres, cierto?”. Él vio una oportunidad de darle un vuelco a lo que había sido su vida, ella encontró un problema que no estaba buscando. Ahora la depresión y la ansiedad social tenían un motivo distinto a sus errores de crianza: su hijo estaba roto.
“Centro de Profesionales”, se leía en una pequeña inscripción en la fachada de la casa donde Nicolás estaba a punto de iniciar un enfrentamiento concluyente. Era una casa de color crema húmedo, que conservaba la arquitectura típica del barrio Versalles debajo de un enrejado excesivo. Adentro, en la sala de espera, un sofá de cuero desgastado y el murmullo eterno de telenovelas reproducidas en un armatoste barrigón.
El doctor alardeó que era contactado por medios de comunicación por su capacidad de curar homosexuales. Luego, se encargó de buscar los traumas profundos de Nicolás, que en realidad ya estaba bien acostumbrado a tener que asistir a psicólogos de todo color, olor y tamaño (clínicos, esotéricos, y hasta de los que ponen electrodos en el cráneo). Al parecer, el abandono de su padre a los 3 años y el abuso sexual por parte de un amigo de su hermano un par de años después le habían hecho inseguro. “Seguramente usted buscaba un abrazo de padre y se sexualizó. Por eso pasó esa barrera”, aseguró.
Todo indicaba que la masculinidad de Nicolás estaba “dormida”, por lo que tenía que hacer cosas de hombres, como tener sexo con mujeres aunque no se sintiera atraído por ellas. “¿Qué tipo de porno ves? Porque hay gente que se excita con el sexo entre hombres, de hombres con animales e incluso de hombres con niños”, decía el doctor afirmando que la homosexualidad era tan perversa como los trastornos pedófilos.
Si bien las mal denominadas “terapias de conversión” se encuentran en su camino a la prohibición, en cuanto ya la Comisión Primera de Representantes aprobó en primer debate el Proyecto de Ley No. 272 de 2022, estas todavía hacen parte activa de la violencia por prejuicio que tiene que sobrevivir la población diversa del país. Según el senador Mauricio Toro, una de cada cinco personas homosexuales se vieron expuestas a estos vejámenes que podrían tipificarse facilmente como tortura.
Además, a esto hay que sumarle las otras formas de violencia que también derivan de percepciones negativas, estereotipos y creencias, y que resultan en crueldad tanto psicológica como física. Según el documento Una radiografía del prejuicio: Informe anual 2022 de derechos humanos de personas OSIGD-LGBTI y balance de la Política Pública Nacional 2019-2022 en Colombia, en el 2022 la Defensoría del Pueblo atendió 394 casos de violencia por prejuicio, en los que se incluyen violencias de tipo sociocultural, institucional, así como homicidios y feminicidios. Eso sí, se destaca que de la totalidad de casos 238 fueron por violencia contra personas transgénero.
Para Sebastián, “es que a uno como trans le toca salir del closet dos veces”. Primero aceptó que era lesbiana, así se justificaban sus comportamientos masculinos y las decisiones estéticas que tanto preocupaban, pero esto no le hizo feliz. Vivir como lesbiana era difícil, sobre todo si se tenía en cuenta lo notorio que era para los demás. Pero, lo verdaderamente complejo y doloroso, así como lo que más le acercó a la esperanza de ser menos infeliz, por primera vez libre y orgulloso de sí mismo, fue renacer como un hombre trans.
La idea se apoderó de su mente luego de que su novia le preguntará en intimidad si se sentía incómodo de que le tratase como mujer. Inicialmente le dio gracia que cayera en tales estereotipos, al fin y al cabo durante toda su vida le habían tildado de hombre peyorativamente. Por otra parte, sintió que por primera vez dejaba de ser invisible. Días después, mientras fumaban en la plazoleta Banderas de Univalle, le soltó la frase: “Soy un hombre trans y quiero que te refieras a mi con el pronombre él”. Una vez que lo dijo en voz alta se sintió libre.
Su familia no lo tomó bien, no estaban de acuerdo. Pero, en realidad lo que los demás pensaran no importaba,“les avisé que iba a empezar a verme diferente, porque eran personas que me importan y me pareció necesario que lo supieran; no estaba pidiendo que lo entendieran, sino que lo respetaran, porque igual iba a suceder y no consideraba necesario que se rompiera la relación como en el caso de muchos conocidos”, dice Sebastián.
Fue siempre señalado, blanco de insultos y amenazas, fetichizado y exotizado hasta el cansancio, pero nunca pensó que también sería víctima de violencia institucional. La corte constitucional declaró firmemente que se debe asegurar los derechos de las personas trans a acceder a cualquier proceso quirúrgico u hormonal. Por eso, cuando intentó iniciar su terapia hormonal masculinizante con su médico general no esperaba enfrentarse a filas y trámites insoportables, la malgenerización burlesca (o más bien perversa) por parte de los entes de salud y de nuevo la imposición disfrazada de un “acompañamiento”.
“Señora, pasé”, le dijo una mujer con poco tacto que no fue capaz de comprender que lo que dice en la cédula no está grabado sobre piedra. El doctor, luego de un par de preguntas concluyó, “entonces el próximo paso a seguir era la faloplastia”. Sebastián, que no había siquiera considerado las operaciones, titubeo. ¿Para ser un hombre tenía que reconstruirse un pene con tejidos de otras partes del cuerpo?
No se sentía listo para tal procedimiento, por lo que dijeron que evidentemente estaba confundido y no podía iniciar el tratamiento. Tenía que ser un hombre, hecho y derecho. “Estaba indignado, nadie entendía”, dice Sebastián. La próxima vez se armó de malicia, aceptó con una sonrisa falsa que después se haría las cirugías, recibió su testosterona y continuó su camino, cómodo de ser un hombre con vulva.
Después de 6 años en tratamiento está seguro de que su identidad no se basa en el genitalismo, y se siente orgulloso de ser un hombre menstruante y un hombre con la remota posibilidad de gestar. Vive feliz, pero vive sabiendo que hace parte de una comunidad que, según un informe de Medicina Legal publicado en julio, en los primeros siete meses de 2023 ha sido víctima de 1702 agresiones, 18 desapariciones y 32 homicidios.
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Las experiencias de Nicolás, Santiago y Sebastián, evidencian tan sólo algunos de los desafíos de enfrentar la identidad de género y orientación sexual en un contexto que no es comprensivo ni acogedor, pero el fenómeno es mucho más complejo. Si bien el controvertido artículo 419 de la constitución pasada, según el cual “la persona que abusare de otra de su mismo sexo, y esta, si lo consintiere, sufrirán de tres a seis años de reclusión”, se sustituyó por una lista derechos y garantías, las expresiones de amor diverso siguen siendo castigadas de alguna u otra forma en Colombia.
“Vivir disidente no es solo una cuestión de reivindicación, sino también de sensibilización”, dice Nicolás apropiándose de la cualidad política de vivir homosexual, “si bien algunos piensan que no debería importar la sexualidad, que un asunto privado e íntimo; no podemos obviar que es algo que genera exclusión, hostigamiento, burlas, y en el peor de los casos, la muerte”. Él considera que la forma en que se expresa y se conversa con los demás sobre sexualidad puede suponer un método para combatir la desinformación, “podemos apoyar la conquista en Derechos Humanos que se ha conseguido por distintos activistas simplemente siendo auténticos”.
“Que tu cuerpo se alinee con tu mente y gustos es algo tan valioso y a la vez tan poco valorado, una suerte que solo se aprecia cuando falta”, dice Santiago citando uno de sus autores preferidos. Si bien hubo mucho dolor y sufrimiento que pudo evitarse con tan solo pequeños actos de solidaridad, actualmente se siente profundamente orgulloso de la fuerza y valentía que supone aceptarse a sí mismo y vivir auténticamente. En su caso, el arte dramático le ha permitido liberar su propia esencia, y más especialmente, transformar a los demás. “Todo mejora, y si los demás no están preparados para tanta luz, que se compran gafas de sol”, dice riendo.
Por su parte, Sebastián subraya la magnitud del problema de la discriminación y la violencia que enfrenta la comunidad LGBTI en Colombia, "en mi cotidianidad se evidencia la necesidad de visibilizar; los prejuicios siguen interiorizados por la sociedad caleña, y son más bien pocos los que se cuestionan lo absurdo de los mismos”. Actualmente, piensa en crear una sociedad segura para todes trabajando desde su entornos más cercanos e intentando influir en la administración y la política, por eso inició sus estudios en derecho hace dos años: “el día en que mi nueva partida de nacimiento con el nombre que he elegido para mí viajaba junto a mí en el asiento del copiloto, supe que debía ayudar para que los que son como yo no tengan que esperar a tener 28 años para renacer”.
La normalización de la violencia se erige como una problemática intrínseca en nuestro contexto, encontrando sus raíces en adherencias a sistemas preestablecidos como el patriarcal o el cisnormativo. Estos sistemas, que a menudo preferimos aceptar y pasar por alto en aras de una convivencia más regulada y tranquila, perpetúan la sujeción de unos cuerpos a otros de manera sutil pero perniciosa. Con nuestro propio silencio, inadvertidamente violentamos a aquellos que son visibilizades y, en ultimas, a nosotres mismes. Es crucial reconocer que al hacer hincapié en prácticas que nos hieren, contribuimos a perpetuar un ciclo de violencia que debemos romper. Este análisis a modo de infografía detallada arrojará luz sobre la realidad de la violencia de género en Cali, ofreciendo una perspectiva integral para fomentar la conciencia y la acción.
